—¡Ay, Facundo! Tú, como vives en las Batuecas, no te has enterado de que el mismo valor tiene la virginidad entre cristianos que entre insectos.

—¡Ave María Purísima! No desvaríe, señora.

—Afirmas que a esa muchacha le ha sido arrebatada la virginidad. ¿Lo jurarías? ¿La has examinado tú, antes del rapto? ¿Has presenciado el despojo?

—Calle, calle, señora; se lo ruego.

—Qué he de callar…. Me gustan las cosas claras. ¿Es que la verdad te asusta?

La duquesa aguardó. El obispo no supo qué contestar. Comenzaba la dama a dominar al prelado. La táctica era la de siempre; aturdirlo, aturullarlo. Fray Facundo miraba a la señora, con pupilas recelosas y enconadas, resuelto a no entregarse.

—¿Quién ha empleado primero esa palabra? ¿Has sido tú o he sido yo? Tú has dicho que a esa chica le había sido arrebatada la virginidad. Y lo has dicho con tanto aplomo y firmeza como si hablases de un timador a quien hubieses visto robando la cartera a un transeunte. ¿Y si resultase que no hay tal timador ni tal robo, sino dos amigos, y que uno, del todo libre y con la mejor voluntad, le da la cartera al otro? ¿No se te ha ocurrido esto?

—Se me ha ocurrido, señora, lo que se le habrá ocurrido a toda persona pura y religiosa: que se han ido solos un hombre y una mujer, y que, en consecuencia, el hombre ha deshonrado a la mujer.

—Los que la deshonráis sois vosotros, las personas puras y religiosas. De manera que vuestra pureza se acredita mediante la facilidad con que inventáis actos impuros; vuestra religiosidad se cifra en la aptitud maliciosa para imaginar el pecado. ¡Qué grosero materialismo! ¡Qué cabeza tan atormentadas y lúbricas debéis de tener las personas puras y religiosas! Parecerá uno de esos reservados que hay en las barracas de feria, con figuras de cera, para hombres solos. De manera que en vuestra cabeza no tiene cabida la idea de que un hombre y una mujer viajen juntos muy limpiamente y muy decorosamente. Ya me libraré de que me acompañes tú en un viaje. ¡Qué horror!… Te estoy viendo como un sátiro….

—Señora duquesa…—suplicó el prelado, casi con lágrimas en los ojos.