—Ojalá me la agujereen como criba y el alma se me salga como trigo pasado. ¿Para qué quiero el alma en el cuerpo? ¿Para qué me ha servido? ¿Quién ha querido comprarla, como buena simiente?

Estas retóricas desoladoras dejaban a Telva perfectamente fría. Decía para sí: «La señorita está más loca que un vencejo.»

Al cuarto día de ausencia, Felicita no pudo resistir más, y envió a Telva a la fonda del Comercio, a que averiguase discretamente qué era de don Anselmo Novillo. Al volver, soltó de sopetón y sin preámbulos lo que sabía.

—Pues don Anselmo está muy malito con pulmonía.

Felicita cayó con un soponcio. Al recobrar el sentido, aunque casi sin fuerzas para sostenerse, pidió el abrigo, la mantilla, las botas….

—¿Qué va usté a hacer, señorita?

—Volar a su lado.

—Repare que es un hombre soltero y usté una mujer soltera, y lenguas ociosas murmuran si ustedes tienen o no tienen.

—Es mi prometido. No reparo en el qué dirán. El corazón tiene sus fueros, por encima de todos los respetos humanos. No puedo dejar al hombre a quien amo morirse solo y abandonado en la triste habitación de una fonda.

—Si es por eso, no se moleste. Don Anselmo está bien atendido. Tiene una sierva de Jesús, y la señora duquesa y el señor Apolonio no se separan de su lado. Además, no se trata de morirse, por lo que yo pude entender. Siéntese, sosiegue, tome algo; una taza de tila.