Felicita se tendió, desmadejada, sobre un sofá; los ojos, dilatadísimos, clavados en el cielo raso.
—Telva.
—Señorita.
—Anda a ver cómo sigue.
—Señorita, si acabo de venir de allí….
—Obedece. Vete a ver cómo sigue. Pregunta todos los detalles.
Telva se fué, refunfuñando.
—¿Qué ruido es ése?—murmuró Felicita, incorporándose estremecida—.
Parece que clavan un ataúd. Parece que cavan una fosa.
Pero eran unas almadreñas, en la calle. Felicita se tendió nuevamente en el sofá.
—¿Qué ruido es ése?—murmuró Felicita poniéndose en pie, transida de terror—. Parece que moscardonea un enjambre de espíritus. Parece que se oyen voces del otro mundo.