Pero era el viento en las rendijas. Felicita volvió a acostarse en el sofá.

—¿Qué ruido es ése?—murmuró Felicita, cayendo de rodillas, desvariada—. Se oye murmurio de preces. Se oye chisporrotear de cirios. Rezan la recomendación de un alma. Anselmo ha muerto. Anselmo ha muerto.

Pero era el ruido de la lluvia en los cristales.

Al entrar Telva, Felicita oraba, de rodillas.

—Don Anselmo sigue un poquito mejor.

Felicita palpaba a la sirvienta:

—¿Sueño? ¿Eres tú? ¿Soy yo de carne? ¿No somos fantasmas?

Telva respondía mentalmente: «¿Tú de carne? Puro hueso, y ya muy duro.
¿Pantasmas? No estás mala pantasmona….»

Felicita proseguía:

—¿Has hablado? ¿Me figuré oír una voz? ¿Qué me has dicho?