—Que don Anselmo sigue un poquito mejor.
—Trae aceite, todo el aceite que haya en la cocina….
—Al fin se decide usted a comer algo.
—Trae una gran fuente. Trae la caja de lamparillas. Trae las velas que haya en casa.
Encima de la cómoda había una imagen de la Virgen de Covadonga. Felicita encendió una gran iluminación delante de la imagen. De rodillas, rogaba:
—¡Señora, sálvalo! Tú fuiste virgen sin mancha, pero te casaste.
¡Sálvalo, Señora! ¡Señora, tú estuviste casada y tuviste un hijo.
¡Sálvamelo, Señora, para que nos casemos, aunque yo continúe virgen y no
tenga ningún hijo!
Felicita sintió que el pecho se le llenaba de confianza. Volvió al sofá. Inclinó la cabeza, pensando: «La Señora me lo salvará, y nos casaremos. Es una bobada que continuemos así.» Pausa mental. «He ido demasiado lejos al decir ala Virgen que no me importa no tener hijos. Me gustaría mucho tener hijos. La verdad es que, lo que se dice prometer, no le he prometido a la Virgen no tener hijos. La Señora me habrá entendido.»
—Telva, vete a ver cómo sigue don Anselmo.
—Señorita, si acabo de venir de allí….
—Obedece. Vete a ver cómo sigue.