Telva partía ya, refunfuñando.
—Telva, no te vayas, no me dejes sola. Tengo miedo.
Después de una pausa:
—Vete, sí, Telva; vete. Sacaré fuerzas de flaqueza…. No te vayas.
Tengo miedo, tengo miedo….
—Bueno, ¿qué hago? Como no me parta en dos.
Felicita se echó a llorar.
—Yo qué sé, yo qué sé. Párteme en dos a mí; deja una parte muerta aquí, y lleva la parte viva contigo. Llévame en brazos, escondida, como una criatura….
—Señorita, está usté perdiendo la chaveta. Vaya, tranquilícese. Llore, que el llanto le hará bien.
Era ya de noche. Felicita, llorando, cada vez con desconsuelo más dulce, resignado e inconsciente, se adormeció como un niño. Estaba tumbada en el sofá. Telva no quiso disturbarle el sueño, y la dejó a solas, rezongando: «Cuando despierte, ya se meterá en la cama. ¡Jesús con el señorío, y qué afición a los pantalones!…»
Felicita despertó de madrugada. Por el balcón se efundía una claridad lívida e inanimada, como aurora de ultratumba. Las velas sobre la cómoda se habían consumido. Las pocas lamparillas que todavía alumbraban se extinguían con un estremecimiento incorpóreo, al modo de leve recuerdo dorado.