Felicita sintió que una mano invisible le apretaba el corazón. No podía respirar. Cantó un gallo. Una voz de timbre increíble resonó en la cabeza de Felicita: «Es la hora en que Lucifer cae al averno y las almas de los justos vuelan a Dios.»
Felicita lanzó grandes alaridos. Acudió Telva, a medio vestir.
—De prisa, de prisa, acompáñame.
La sirvienta dudó si sujetar por la fuerza a su ama; pero era tal el brillo que fosforecía en los ojos de Felicita, que Telva obedeció.
Salieron a la calle. Llovía reciamente. Iban resguardadas bajo un enorme paraguas aldeano, de color violeta.
—Pero, ¿adonde vamos a estas horas? Es pronto aún para misa de alba.
Felicita no la oyó. Telva insistía. Felicita dijo, como hablando para sí:
—Anselmo está agonizando.
Llegaron a la fonda del Comercio. Estaba abierta y había un camarero de guardia.
—Don Anselmo se muere—dijo Felicita.