—Que yo le doy una somanta que se le quita pa toda la vida la gana de volver a meterse a pescadera.
—Voilá. En este país los hombres sois poco cultivados. No se debe golpear a las mujeres, ni aun a causa de la comida; mucho menos a causa de otras razones sin importancia; la infidelidad, por ejemplo.
—¡Caracho!—comentó el llamado Nolo—. Eso de la comida, pase; pero, lo que es lo otro. La muerte pareceríame poco.
—¡Ah! ¿Matarte tú? Eso es diferente. Es una bestialidad; pero yo comprendo.
—¡Qué diaño matarme yo…! Matarla a ella….
—¡Dios mío, que tú eres salvaje…!
—No hay más, señor. O usté manda, o la mujer manda; y si se desmanda, palo. O usté pega, o ella pega. Recuerde usté lo del pobre Belarmino.
—¿Qué es lo que me dices? Pero, ¿es que la Xuantipa estaba infiel al pobre Belarmino? Yo lo ignoraba.
—Ganas, quizás no le faltaban. Lo que digo es que, como Belarmino no sabía curar a su mujer, cuando la tenía, con jarabe de fresno, que no hay melecina mejor pa las mujeronas, pues, la fija, que su mujer le tenía a él siempre atosigao, y pa curarlo, pues, ya sabe usté, le ponía en los lomos cada cataplasma de estaca….
—Ya, ya lo sabía. El pobre hombre, mi amigo muy querido…. Yo le echo bien de menos, desde que está recogido ahí en ese asilo que vosotros decís maletería; nombre verdaderamente chusco.