—No es maletería; es malatería.
—¿No es ello la misma cosa?
—No, señor.
—Entonces, ¿qué es lo que quiere decir malatería?
—Malhaya si lo sé.
—Eso no hace nada. Pero revengamos sobre el amado Belarmino. No me puedo pasar sin él. Yo vengo para visitarle cada semana o cada quince días, durante diez años, a despecho de esta cuesta abominable que yo debo subir para llegar. Él no habla jamás, él no habla jamás. Es la más dulce de las almas, y yo sostengo que una gran inteligencia.
—Un calzonazos, un estúpido; como el otro, Apolonio….
—Cállate, Nolo. Tú no comprendes. Belarmino es un grande hombre. Y Apolonio, él es también un otro grande hombre. Yo quiero mostrarles cuánto les amo y les admiro. Es por esto que les llevo estas gruesas tartas de Pascua y las gruesas fuentes de natillas, y muchas de docenas de gruesos pasteles, como los otros años, ¡tantos!, en este mismo día.
—Que se las comerán las monjitas golosas y los demás asilados, como los otros años, en este mismo día.
—¡Ah, naturalmente! Pero los pasteles pertenecen a Belarmino y Apolonio, y ellos se gozan más en invitar que en ser invitados. Ellos lo han dado todo siempre, y no han querido nada para ellos. Yo no trataba en otro tiempo a Apolonio; solamente después que está en el asilo. Muy interesante, muy interesante. Es una cosa curiosa; Apolonio querría que yo no tratase a Belarmino. Él le odia; es decir, él cree que le odia. Muy divertido. Pero Belarmino no hace atención si yo trato a Apolonio. Él le desdeña; es decir, él cree que le desdeña. Muy picante situación. Yo tengo necesidad de mucho tacto. Pero ello todo es tan extraordinario, tan extraordinario…. Yo amo más a Belarmino, esto no hay que decir; él es una anciana amistad. Pero yo amo también a Apolonio. He aquí que ya estamos en el asilo. No olvides; la patrona no puede conocer que habemos traído este regalo. Ella me haría un gran escándalo.