—¿Qué dice usted?

Alberto no oyó la pregunta de Telesforo. Al fondo de la calle, á través de un arco, se veían las estrellas. Dos de ellas, particularmente fúlgidas y temblorosas, atrajeron las miradas y los pensamientos de Alberto. Muchas veces se había derretido en la contemplación de la noche estrellada. Ahora, más sublime y conmovedor que el cielo espolvoreado de orbes muertos le parecía aquel hacinamiento de hogares, poblado de pequeños universos vivos. Los ángeles habían descendido de las altas regiones inmóviles á las oscuras moradas de los hombres. Y Alberto se imaginaba innumerables cabecitas de niño, reposando en su cuna. ¡Un hijo...! Pensó en la casa de don Medardo, en Josefina, virginal, confiada, sumisa, aguardando las palabras de la anunciación... En esto, Telesforo le tiró de la manga:

—Pero hombre; parece usted un sonámbulo.

Estaban junto á un portal abierto. En lo más profundo de él se recortaba un ventano iluminado; sobre él dos barrotes de hierro, en cruz.

—¿Subimos?

Alberto, sin saber lo que hacía, siguió á Telesforo. Al volver por entero en sus sentidos, encontróse hundido en un sillón de yute. Una mujer, sentada al sesgo sobre un brazo del sillón, se apoyaba sobre Alberto, enlazándole el cuello con un brazo, y acariciándole con la mano libre. Le acometió una gran repugnancia é intentó ponerse en pie, pero la mujer le retuvo, le acercó la boca al oído y cosquilleándole con el aliento caliente, suplicó:

—Quédate. No seas malo, neñín.

Por la manera de pronunciar la palabra neñín se advertía que no era de la tierra y que la empleaba creyendo añadir dulzura al ruego. Su cuerpo era endeble, sus ojos negros y cansados, fresca la tez, sin adobos ni tintes. Llevaba el pelo cortado, cayendo en dos alborotadas porciones á los lados de la cabeza. Parecía triste, afectuosa y poco pervertida.

Telesforo, en otro sillón, ostentaba dos mujerzuelas, sentadas en sus muslos. Se le veía orgulloso y satisfecho; Alberto no podía presumir de qué.

Una mujer voluminosa, anquiboyuna y mal vestida, penetró en la habitación. Plantada entre Alberto y Telesforo, con las manos reposando sobre el vientre, preguntó: