El coche partió raudamente. Telesforo y Alberto quedaron solos.
—¿Qué nos hacemos, Alberto?
—No sé —estaba nervioso y angustiado.
Los jardines de San Agustín yacían, silenciosos, en sombra. Después de cruzarlos, Telesforo y Alberto se encontraron en una plazoleta espaciosa é irregular. Dos hombres, sentados ante un velador, á la puerta de un café hablaban á gritos, acerca de las condiciones de la nueva dársena. Dentro del café, los mozos colocaban las sillas encima de las mesas.
—¿Quiere usted que bebamos una botella de cerveza?
—Pasearemos un momento por las calles y luego nos retiraremos, ¿no le parece, Telesforo?
Una de las calles afluentes á la plazoleta tenía porches á entrambos costados. Alberto se encaminó distraído hacia ella. En la oscuridad del atrio las pisadas repercutían con fúnebre sonoridad. Al pie de una columna se levantaba una pirámide de cestos. Un gato salió huído. Olía intensamente á pescado.
Á la memoria de Alberto volvían las palabras de Mármol: «Fina es como mi Amparo. Las demás mujeres, en un piño, no valen lo que ellas dos. Si tocaran á descasarse...»
En la techumbre del soportal, á plomo sobre Alberto, se oyó un ruido que provenía del interior de la vivienda. Y de pronto, la ciudad inerte y silenciosa se manifestó á la imaginación de Alberto en su arcana fecundidad. Las casas no eran moles negras y frías, sino cálida envoltura de infinitos hogares en donde se cumplían misteriosas actividades conyugales, en aquellos mismos momentos. ¡El hogar...! Alberto no había conocido un hogar.
—Home, sweet home —suspiró en voz alta.