Mármol se inclinó á mirar, con gélido continente, á Lirio y Toñita.

—No parecen hermanos; parecen hermanas —dijo como si pensase en alta voz.

Antoñita rompió á reir. Lirio puso una cara suplicante y desolada. Luego se volvió á la coja:

—Dame dinero, mamá.

—No tengo suelto, hijo. ¿Tiene usted un duro, don Alfonso?

Mármol presentó un duro en la mano, sin dárselo á nadie determinadamente. Doña Consuelo se apoderó de él y lo trasladó al bolsillo de Lirio, el cual salió dando las buenas noches.

Antoñita estaba ya vestida; un traje, á la inglesa, de paño azul forrado de gros blanco y un sombrero descomunal, cargado de adornos. Doña Consuelo se arrebozó en una mantilla. Todos se pusieron en pie.

Á la puerta del cinematógrafo, esperaba el automóvil de Alfonso.

—¿Adónde van ustedes? —preguntó Hurtado á doña Consuelo.

—Adonde nos lleve Alfonso.