—¡Vamos...! —doña Dolores se dejó caer sobre la pierna coja; revolvía los ojos dubitativamente.
—Sé por qué se ríe usted —dijo Alberto con naturalidad.
—¡Quiá!
—Que sí.
—Dígamelo al oído. Si acierta se lo digo —sonriéndose.
—Cuando le digo que lo sé... —se puso en pie y dijo en voz baja á Mármol—: Usted conoce el escondite de Rosina. Es más; usted mismo es quien la tiene escondida.
Mármol continuaba sonriendo fríamente, como si nada hubiera oído.
Levantóse la cortina de entrada y apareció un mancebo, como de dieciocho años, extremadamente afeminado, y vestido á lo señorito chulesco. Dió las buenas noches y fué á situarse entre Antoñita y doña Consuelo. Destapó un frasquito de perfume que la muchacha tenía en su tocador y se esenció las solapas de la chaqueta y el pañuelo de bolsillo. Después se apoderó de un polissoir y comenzó á sacarse lustre á las uñas.
—¿Pero te crees que mis cosas están para que te compongas, divinidad? —dijo malhumorada Antoñita, y arrebató el lustrador de manos del joven.
—Deja á Lirio, Toñita. ¿Qué más importa eso, rediez? No parecéis hermanos.