Alberto sabía que él era el interpelado. Respondió:
—¿Me aconseja usted que me case?
—Claro que sí.
—Miren el libertino...
—Si tocaran á descasarse —habló Mármol, con la cabeza derribada hacia la espinal dorsal, y como si hablase por rutina, tal era su frialdad— y luego á casarse otra vez, yo volvía á casarme al punto con mi mujer. Pocos maridos podrán decir eso. Pues bien, su novia es como mi Amparo; acuérdese de que se lo digo. Todas las mujeres juntas en un piño, no valen lo que ellas dos.
Antoñita miró asombrada á Mármol. Este insinuó una sonrisa cauta y aguda.
—¿Se ríe usted de la gracia? —inquirió doña Consuelo.
—Me río de otra cosa. ¿Cuándo lo meten á usted en la cárcel?
—¿En la cárcel? —exclamó Antoñita, dejando de limpiarse el minio de los labios.
—Sí, en la cárcel. Me refiero á Alberto —y dejó en libertad una risa continuada y uniforme, de carretilla.