—Vaya si es pelma el señorito —murmuró Antoñita, con un mohín de disgusto.
—La que eres pelma eres tú. Mira qué de particular tiene. Ande usted, don Alfonso, verá usted que la muchacha se merece cualquiera cosa.
Alfonso se puso en pie, y con solemnidad distraída de sacerdote que celebra por rutina sus oficios, introdujo en el seno de Antoñita el tarjetero de oro. Antoñita adelantaba por instinto los brazos, como apercibiéndose á la defensa si llegase el caso, y dejaba obrar á Alfonso, sin poder reprimir un fruncimiento angustioso de las cejas. Cuando Mármol concluyó, la niña dijo suspirando:
—No ha abusado usted. Es usted muy bueno —y le tiró con inocente alocamiento de las barbas.
—Basta ya, niña. Á terminar de vestirse.
En tanto duró esta operación, en la cual la madre sirvió de azafata, deleitábase Alberto en la contemplación de Antoñita.
Pensaba: «las adolescentes, aparte de su incentivo voluptuoso y de la sugestión artística, poseen un encanto particular, un algo zoológico, que es aquietante y grato para quienes vivimos exageradamente recogidos dentro de nosotros mismos. El perro que dormita y de improviso yergue la cabeza, da una dentellada al aire y sigue durmiendo, ó que, sin razón aparente y fuera de propósito, piruetea y late con júbilo, nos sorprende, nos hace sonreir, y al cabo nos distrae de nuestras cavilaciones. ¿Á qué motivos poderosos obedece su conducta incongruente? ¿Quién sabe? Quizás un pobre mosquito invisible que fué cazado al paso, ó un tenue aroma de canina feminidad que nuestro olfato no percibe». De la propia suerte, á Alberto se le figuraba que las ideas, ó lo que por tales podían pasar, no se albergaban dentro de la cabeza de Antonia, sino que andaban revoloteando en torno, como los mosquitos en derredor de la cabeza del perro. Comprendía que el primer móvil de las acciones de la niña, como de sus alados movimientos y palabras sin nexo, era algo misterioso y externo, sutilmente diluído en el aire. Y así, Antoñita, distrayéndole, le inspiraba un gran interés, el interés del juego, de las cosas arbitrarias y sin finalidad, y le aplacía muellemente, como el agua que canta y murmura.
Alberto continuaba pensando: «Y esta apacible y atractiva sensación zoológica de la adolescencia incipiente, ¿qué es?» Y se respondía, iluminado de pronto: «La expresión de castidad, de inocencia». En efecto, figurándose plásticamente en su imaginación de artista la expresión de diversos animales, observaba que podían servir como representación simbólica y satírica de diversos vicios del hombre: la soberbia, la gula, la astucia, la crueldad, la traición, hasta la envidia; pero no recordaba ningún animal de expresión lasciva. Se acordó de un caballo y de un toro que había visto en celo, á punto de lanzarse sobre la hembra; no eran lascivos, sino gallardos, poderosos, y pudiera decirse que honestos.
La boca, los ojos y la frente de Antoñita, á pesar del inmundo adoctrinamiento de su madre, eran aún castos é inocentes. De otra parte, los rasgos de su rostro eran también reminiscencias zoológicas. La vibratilidad de la sonrosada naricilla y lo cerca que salía de sobre la boca, la manera con que jugaba los labios, comprimiendo los hoyuelos de las comisuras, y la paridad minúscula de los dientes, todos ellos eran perfiles que daban á su cara sorprendente semejanza á la de un conejito blanco. Sus ojos, redondos y cristalinos, dulces y temerosos, parecían ojos de liebre.
—¿Cuándo se casa usted? —tartajeó Mármol, apretando el cigarro entre los dientes.