—Al concurso hípico —solemnemente extrajo del bolsillo interior de la chaqueta un tarjetero de oro y se lo alargó á Alberto—. El premio del Conde de Bongrado. No hay en el mundo un animal como mi yegua Nena —dijo con frialdad, vomitando humo, como si hablase consigo mismo y sin prestar la más leve atención á la niña á quien trataba de seducir, ni á la madre, con la cual andaba en tantos y cuantos de dinero, ni al oliváceo Hurtado. Tan sólo Alberto, al parecer, era digno de aquilatar la hazaña. Alberto celebraba siempre las simpáticas petulancias infantiles de Mármol.
—Á ver, á ver —exclamó Toñita. Estaba en pantalones y con una camisilla liviana; descubierta la parte alta de los pechos, de una carne mate, blanco-magnolia, que amenazaba ajarse al tacto—. ¡Para mí, para mí! —gritaba Antoñita, saltando delante de Alfonso. Éste se había vuelto á sentar, y, con la cara hacia la techumbre y expresión distraída, presentaba la mano á Antoñita aguardando la devolución de su presea.
—¿No me lo da usted?
Alfonso continuó fumando, con la mano extendida.
—¿Será de oro? —inquirió Antoñita.
—Oro es, y bueno —afirmó Hurtado.
—Vamos, don Alfonso; dé usted gusto á la pitusa, que ya verá usted cómo se lo merece —rogó doña Consuelo, apoyándose en la pierna sana y con la otra pendulando dentro del faldatorio, á manera de badajo de campana.
Intervino Alberto:
—Quédese usted con ello. Alfonso no desea otra cosa que regalárselo.
—Sí, se lo doy... —comenzó á decir Mármol. Antoñita se apresuró á esconderlo en el seno—. Se lo doy á condición de guardárselo yo mismo donde ella se lo quiere guardar.