—¿Qué le parece á usted?
—Un prodigio.
—Usted se burla. La pobrecita baila como una gata histérica.
—Digo las piernas. Nunca he visto nada tan clásicamente gracioso. ¿Nos vamos ya?
—Ahora entraremos á saludarla. Muy buena muchacha. Le advierto que es doncellita todavía. Parece que Alfonso del Mármol pretende... Por dinero no quedará, pero la madre es una lagarta... Ea; ya estamos en el camerino, llamémoslo así. ¿Se puede, doña Consuelo?
—Adelante. Siéntense ustedes aquí, encima de este baúl. Es tan estrecho esto, rediez.
La doña Consuelo, fluctuando como un álamo bajo el huracán, á causa de su cojera, retiró algunas ropas de encima del baúl mundo.
Hurtado hizo las presentaciones. Estaban en un departamento angostísimo delimitado por cortinas de percalina roja. En un ángulo, permanecía silenciosamente Alfonso del Mármol. Tenía las delgadas piernas y los brazos cruzados, los lomos ceñidos al respaldar de la silla, la cabeza echada hacia atrás y un gigantesco cigarro habano entre los dientes. Su cara era aguileña, larga y enjuta; saliente y cortante la nariz, y de leve arrebol en la extremidad; la barba, de un rubio de maíz; la tez de marfil blanquísimo; las cejas, sutiles y altas; los ojos, pequeñuelos y desdeñosos, el párpado, enorme y flaco, distribuído en innumerables pliegues, caía sobre los ojos en razón de la postura erguida de la cabeza. Daba la impresión de un águila enjaulada, consumida por el tedio, é infundía á las gentes una gran inquietud. Al ver á Alberto, se puso en pie y le estrechó la mano cordialmente.
—¿Ha venido usted á ver á su novia?
—Sí. ¿Y usted?