Alberto se resignó. El frente del tendejón estaba deslumbrante. Agrio era el berrear del órgano, y agria su estructura; columnas salomónicas que tornilleaban y mareaban; complicados adornos, dorados, rojos, azules, amarillos; figuras pastoriles, dando vueltas en un afectado paso de danza. Una mujer de enorme sombrero con enormes plumas, enormes solitarios en las orejas, cejas enormes y enorme bigote, despachaba los billetes, muy erguida detrás de una mesa cubierta de terciopelo rojo. Á la derecha de la fachada pendía un gran hule negro, y en él letras colosales, dibujadas con tiza que rezaban ¡LA BELLA TOÑITA! Primera estrella de los Music-Halls. Luego el programa de las películas.
Alberto se adelantó á tomar dos asientos de preferencia.
—De ninguna manera —rectificó Hurtado, hablando con la dama de los ricos pendientes y la rica vegetación capilar—. Dos entradas generales —y volviéndose hacia Alberto—. Hay que ver á Antoñita de cerca. Es una monada. Amiga mía: se la presentaré —entornaba los ojos, con orgullosa voluptuosidad.
Entraron y avanzaron hasta los primeros tablones, á manera de bancos, al pie de la pantalla blanca. De aquella parte había buen golpe de mozalbetes de la clase media, expectorando supuestas gracias y agudezas que les diesen, en opinión de las señoritas sentadas en preferencia, fama de libertinos. Así que el salón quedó á oscuras, simularon detonantes besos, aplicados sobre el dorso de la mano, que acompañaban de fingidos gritos femeninos; y esto les hacía reventar de risa. Para cada lance de las películas tenían un comentario de segunda intención, una picardía, cuando no una obscenidad desvergonzada. Alberto estaba asqueado.
Un pianista ejecutó un pasadoble torero. Los jovencitos hicieron coro. Se levantó la pantalla, descubriendo un pequeño escenario, vacío. Se oyeron unas pataditas, seguidas de cerca por el rugido de los mozalbetes. Á seguida salió á escena una mujer. Se envolvía á lo torero en un mantón de Manila, verde gayo y amarillo cromo. Bajo los flecos desmayados, como ramas de sauce, asomaba, con la gracia rígida de un cáliz invertido de azucena, una falda de seda blanco-mate, adornada con vidrios. Las medias, de seda blanca, muy sutiles, dejaban transparecer la carne, coloreándose de tenue iris rosa. Los zapatos, de raso blanco. El brazo derecho, delicado ó infantil, lo llevaba en alto, y en la mano un sombrero calañés de beludillo azul turquí. Inclinaba la cabeza hacia delante, evitando el brillo crudo de la luz, de suerte que Alberto, en un principio, no pudo saber si era bonita ó fea. Acompasando el aire jacarero del pasacalle, piafaba, levantando con mucho donaire las piernas y sin moverse del sitio; de pronto arremetía á andar, con pasos menuditos, agitando el sombrero en el aire, sacudiendo la cabeza y guiñando un ojo. Su falta de soltura y desparpajo la delataba como novicia en las lides coreográficas. Una faz abotagada y obtusa asomaba por los bastidores de la derecha; después de examinar lo que alcanzaba del público, se volvió á la artista, jaleándola con acento desgarrado: ¡Anda niña! Era la madre de la bella Toñita.
Terminado el pasodoble, Toñita arrojó el sombrero y el mantón, en un rebujo, del lado donde asomaba el estulto y celestinesco cráneo de la madre; sacudió los hombros, para arreglar á su gusto los tirantes del vestido, y se adelantó hacia las candilejas, cohibida y sin saber qué hacerse de las manos. Parecía muy niña, de dieciséis años á lo sumo. La candidez del traje, y los reflejos acuosos de los avalorios de vidrios añadían inocencia á sus formas incipientes, apenas púberes. Intentaba sonreir, pero no pasaba de ese gesto delicioso y bobalicón que el niño, sorprendido á raíz de un pecadillo, compone por disimularlo. Cantó el cuplé del grillo. Los mozalbetes entraban á hacer coro en el estribillo:
Crí, crí,
Crí, crí, crí.
Las familias honestas salieron del salón. Toñita parecía perder por entero su serenidad viéndose desairada del público burgués. Pero la faz congestiva y canallesca de su madre emergía de los bastidores infundiéndole bríos: Anda y que les den morcilla. Duro, preciosa. Siguieron otros cuplés, tan necios y sucios como el del grillo. Luego los mozalbetes solicitaron un tango. Toñita se excusaba, pero sus admiradores insistieron, dando palmadas y lanzando vociferaciones semisalvajes. La niña hubo de acceder. Salió al sesgo, trenzando los pies y moviendo mucho las caderas; el vestido arregazado hacia los riñones y asido con la mano izquierda; en la cabeza un sombrero flexible que sostenía con la derecha, en actitud convencional, alta la muñeca y el dedo meñique erecto. Los mozalbetes sembraron el escenario de sombreros y flores: ¡Ay, mi vida! ¡Tu sangre! gritaban, con enardecimiento ficticio. Y la niña, embriagada por las aclamaciones y aturdida por haber perdido el compás, se descoyuntaba de un vértigo de movimientos incomprensibles, pataleaba furiosa, echaba á volar los brazos y á rodar el menudo vientre, virginal aún, daba volteretas y hacía cabriolas, hasta que un minuto después de terminar la música se arrodilló, levantando en alto el sombrero, como los tenores cuando cantan un brindis. Un éxito estentóreo coronó los esfuerzos musculares de Toñita.
Alberto, en tanto la niña se hacía la ilusión de bailar, contemplaba sus piernas, de una línea incomparable; el tobillo endeble, la pantorrilla moderada y prieta, el muslo fino y acerado sobre el cual se adherían las delgadas batistas blancas, algo humedecidas por la transpiración. En algunos giros raudos, volaba de debajo de las faldas de Toñita olor á heliotropo y un vaho cálido de cuerpo sudado.