—Sí, sí; como usted quiera. Y gracias.
—De nada. Basta que sea usted amigo y novio de Fina.
Llegaron al final del viaje.
XIII
La estación del tranvía ocupaba un ángulo de los jardines de San Agustín, parque público de Villaclara. Una banda de música, compuesta de doce individuos barbudos, llamados en el pueblo los doce apóstoles, cada cual con un instrumento abollado, bronco y apocalíptico, lanzaba desde un quiosco japonés incongruentes trompetazos. El órgano Limonaire, gigantesco, de un cinematógrafo mezclaba su gangueo á los baladros de la charanga.
En la avenida principal del parque, bajo la luz de los arcos voltaicos, paseaban en círculo las señoritas del pueblo y las veraneantes.
—Daremos una vuelta á ver las caras bonitas que hay. ¿No le parece, Alberto? Luego iremos al cinematógrafo. Le tengo preparada una sorpresa.
—Nada de vueltas.
—Pues al cinematógrafo.