XV
In tristitia hilaris, in hilaritate tristis.
Giordano Bruno.
Alberto comenzó á pasear por la estancia, desliendo en el aire el sahumerio melificado y denso del tabaco inglés. Cuando retiró la pipa de la boca sonreía de una manera tierna y dolorosa. Sentóse á la mesa, casi sobre los riñones; las manos en los bolsillos del pantalón, y las piernas rígidas y muy abiertas.
Su estado de espíritu era sentimental é irónico. Acariciaba y resolvía un concepto cómico-romántico de la vida y del mundo. El mundo... Había creído verlo brotar, convertido en humo pardo, de la boca del señor Ramón, aquel Sócrates loco, y luego desvanecerse. Le acometían deseos de reirse á borbotones de la absurdidad de todo lo creado, y en cierto modo, se consideraba creador, porque las cosas no tenían otro sentido ó transcendencia que los que él, humorísticamente, quisiera otorgarles.
En la estancia palpitaban dos rumores; uno vasto, enorme, del mar; otro, cauto, tenaz y estridente de la carcoma, en las vigas de la techumbre, pintadas de añil. Alberto se complacía en considerar el primero como símbolo de la necia garrulería humana; lo asociaba al recuerdo de los políticos de su país, de los poetas de su país, sonoros y espumantes, y de todo lo que reputaba ridículo en los hombres, como lo era el fluir y refluir á merced de un astro de luz prestada. Pero el estridor de la carcoma le era grato, y en la tarea perseverante del minúsculo bichejo reverenciaba, como en alegórica correspondencia, la función corrosiva de las ideas del mañana trocando en polvo las obras sucesivas de los días.
El curso acrobático de sus pensamientos le parecía muy divertido. Sin embargo, sentía abierta aún la herida por donde se le había volado el último aliento de su vida moral; y aun cuando su boca sonreía de una manera dolorosa y tierna, por dentro lloraba como un niño.
Encendió de nuevo la pipa; requirió pluma y papel y se aplicó á escribir. De tarde en tarde, se levantaba y recorría la estancia, á pasos cortos y lentos. Cuando concluyó, entraba la aurora por las ventanas, diluyéndose á través de las hojas de una higuera, y los gorriones venían en bandadas chachareras á comer de las brevas miguelinas, húmedas de rocío.
He aquí lo que escribió Alberto:
LA DULCE HELENA