—La muyer —dijo el viejo, haciendo alto en sus vaivenes...
—Quier decise —objetó el ventero— que según tú, el matrimonio... vamos al decir...
—Esa ye custión de muncho tríngulis. Paezte á ti, pongo por caso, que el hombre va á la muyer como el río va al mare, y que ye tan dispensable al hombre como el aire que respiria. Acuérdome haber oído dicir que una vieya en un desierto ye oro molido. Ba, ba, ba. Mira —sujetó la vara en el sobaco izquierdo y comenzó á liar un cigarrillo—. Este pituco ¿entiéndesme? val por todes les muyeres...
—Quier decise que contigo no se rellamben á su modimanera.
—¡Rellambieron! Eso vien con la Filosofía. Tu yes mozo entodavía y la tu Manuela está arrecachada y falaguera.
—Quier decise que tú, viejo, soltero, sin fíos, sin ná, solu...
—¿Solu? Mira —lanzó una gran bocanada de humo en el aire—. Los fíos... ¿Entiéndesme? La muyer... —expulsó otra gran bocanada.
—Yes el mismo diaño, señor Ramón —epilogó el ventero, riéndose.
Alberto subió á su acostumbrada habitación. Su mente se había posado, y las ideas, de un nuevo linaje, se articulaban en un tierno organismo naciente.