El sereno profirió una especie de lamento, en altibajos quejumbrosos:

—La una... la una...


XIV

Hallábase Alberto á campo abierto, en la carretera de Pilares. Sobre el polvo mate del camino brillaban dos rieles de acero, paralelamente. Atraído por ellos, Alberto comenzó á andar, siguiendo el centro de la vía. Aquellas dos rectas que se hundían en una penumbra cercana y que nunca se habían de unir le martirizaban, inculcándole desesperados presentimientos. «Estoy perdido» —se dijo—. Las ilusiones que durante el día se habían ido cuajando en su espíritu disipáronse inexorables y para siempre. Abarcaba con desolada clarividencia la amplitud de su desgracia; se habían hundido los cimientos de su vida; había perdido su dignidad; había infestado, por cobardía y torpeza, el agua de salud en donde debió abrevarse. Sus ojos volviéronse involuntariamente hacia la luna, que rodaba á la derecha sobre el lomo esquinado de unos oteros. La presencia de aquel astro insensible é inútil le causaba aversión. Veía en él y en sus revoluciones en torno á un mundo corrupto, algo de sí propio. Dióse á correr, fascinado por los dos rieles bruñidos, y ansiando embotar con la fatiga física sus torturas morales. Y la luna corría al lado suyo, botando sobre la cima de las montañuelas al compás de los pies de Alberto. Ahora, tropezaba en un risco y caía en del lado de allá de la colina; mas, á poco, aparecía otra vez en la boca de una barranca, á la par del fugitivo. Aquella persecución llegó á exasperarle. Anonadado é ijadeante, sentóse en un muro bajo, de espaldas á la luna, y le parecía sentir su pupila espectral pasándole el pecho de claro.

Llegó á la venta del Pino, un mesón á la antigua, desmantelado y esquivo, adonde solían acogerse de paso gentes andariegas. Por debajo de la puerta destacaba una estría de luz.

Detrás del mostrador alzábase el torso solemne del ventero. Ante él estaba en pie el señor Ramón de la Pradiña, viejo sabidor y sentencioso, admirado en la aldea á causa de sus filosofías. Apoyaba las manos en lo alto de una gran vara de avellano, y la barbeta sobre ellas. Distribuía sus palabras despaciosamente, y todo su cuerpo se movía en un ritmo de oscilación lateral.

—Á las buenas noches —dijo cuando entró Alberto, y reanudó su perorata—. Porque el hombre, ¿entiéndesme? domina todes les creatures; les creatures del aire; les creatures del fuego, les creatures del agua, les creatures de sobre y embajo de la tierra. Desde el sol, que ye lo más alto en el mundo, hasta los infiernos, que ye lo más prefundo, el hombre, ¿entiéndesme? reina como rey mismamente. Sólo hay una creatura que se rellambe á su modimanera, y que manda n’el hombre tanti cuanti quier.

Alberto encendió su brûle-gueule, de madera roja de brezo y boquilla de ámbar.

—¡Dios! —afirmó el ventero, fiando en su perspicacia—. ¿Á que resulta, señor Ramón, que también tú...?