—Me parece que es éste.

—Este mismo.

Hurtado escribió ágilmente, sobre la mesa donde estaban botellas y vasos.

—Ya está. Usted firma aquí —Alberto obedeció—. Ahora el recibo. Tome usted. Para lo demás, como cuando los valores estaban en casa de los Meumiret. Adiós.

En estando solos, Magdalena se agazapó sobre las piernas de Alberto y apoyó la cabeza sobre su pecho. Lánguidamente murmuraba palabras de seducción. Poco después, los dos desaparecían detrás de una puerta de cristales, con visillos de cretona amarilla. Á los diez minutos salía Alberto, desencajado, con el cabello en desorden y la pupila desvariada. Corrió escaleras abajo, sin atender á las voces de Magdalena: «espera que te vaya á despedir. Cómo eres...» Cerró la puerta, de un portazo furioso, haciendo gruñir á la encargada: «Demonio con el señorito. Ni una perra de propina.»

Se encontró en la calle, sin saber qué camino tomar. Miró estúpidamente á la luna, oronda é inexpresiva, y sintió un escalofrío, adivinando no sé qué tristes augurios en su luz refleja, pálida. Llamó á gritos al sereno, el cual surgió de los porches á poca distancia. Era un hombre locuaz y confianzudo. Se adelantó á decir con socarronería:

—Conque ¿de juerga, eh?

Alberto se enarcó en un movimiento de iracundia. Recobróse pronto, y habló:

—¿Por dónde se sale á la venta del Pino?

El sereno le informó menudamente. Gratificóle Alberto con unas monedas de cobre, y salió á buen paso. Su corazón estaba saturado de dolor.