—¡No sea usted ridículo! —Telesforo adoptó un tono inconcuso.
—Vete de una vez, piñones, y que te lleven á las Ursulinas —eyaculó una de las damas adheridas á los muslos de Hurtado.
Alberto se puso rojo.
—No la hagas caso —aconsejó por lo bajo Magdalena—. Es una ordinaria.
Alberto bebió dos vasos de cerveza seguidos. Se encontraba en ridículo, y avergonzado de su pusilanimidad. Quería salvarse de aquel trance grosero, pero no se atrevía. Se despreciaba interiormente.
Hurtado se retiró, acompañado de las dos mujerzuelas. Ambas fumaban sendos cigarrillos, con deleitación. Desde la puerta dijo:
—Buenas noches, Alberto. Hasta mañana, y si usted se marcha, buen viaje. Ya ve usted cómo si Mármol nos quita una, no falta dónde escoger dos. Y, á propósito; me revienta el señor Mármol.
Alberto no contestó. Hurtado se dió un golpe en la frente.
—¡Qué memoria la mía! ¿Tiene usted ahí el resguardo? En dos minutos hacemos el endoso.
Alberto hojeó la cartera: