para mí es hora de sapiencia

ya que harto he vivido el placer.»

Dije. Pero Helena, capciosa

en su blanco desnudo fatal,

lloró, la pupila mimosa

como temblando en un fanal.

Sus brazos, marmórea guirnalda

tibia y sensual, me asieron, y

ardió en sus ojos de esmeralda

una infinita luz. Cedí.