Alberto bajaba la escalera á saltos, gozándose en hundir los pies en la felpuda alfombra de terciopelo de lana. Bob se apoyaba en el pasamano. Alberto le aguardó en un rellano.
—¿Ve usted? El whisky. Sin él bajaría usted tan ágilmente como yo. Y eso es el comienzo.
—Calle usted, no me diga eso —el labio inferior se le contrajo nerviosamente.
Montaron en el automóvil, un Daimler de cuarenta caballos. En Piccadilly Circus, la niebla se hizo tan compacta que el coche hubo de detenerse. Estaban como hundidos en el seno de un río de leche. El mecánico tocaba de continuo la bocina. Oíanse otras bocinas, gorgoritos de silbatos y voces inarticuladas, temblando inciertamente entre la bruma blanca. Contigua al vidrio de una ventanilla, surgió una masa informe, difusa en sus límites. Luego sonó un golpe metálico sobre el cristal y un relincho de caballo.
—Sólo falta que nos partan de un topetazo —masculló Bob, y oprimiendo un botón encendió la luz eléctrica. Alberto estaba riéndose—. Ya sé que es difícil que pierda usted su serenidad.
La cerrazón se deshizo en pocos instantes. Dentro del blanquinoso vapor nacían inconsistentes sombras que se iban intensificando poco á poco, coagulando, definiéndose en seres y cosas. El automóvil había quedado preso entre un desconcertado pelotón de ómnibus, camiones, cabs y otros carruajes, cada cual en dirección diferente. Los policemen andaban de un lado á otro, enarbolando el autoritario bastoncillo á fin de restablecer la circulación.
—Se nos va á hacer tarde; Nancy estará impaciente —habló Bob—. He de comprar todavía golosinas para Meg y un juguete para Ben. ¡Ese chico...! No acierto con nada que le distraiga. Se comprende, pobrecito... Es la única sombra de mi vida.
—Sí; pobre Ben.
Detuviéronse á comprar un rifle de salón, en un bazar, y un paquete de bombones que Alberto quiso pagar para ofrecérselos personalmente á Meg. Luego el automóvil tomó la ruta de Richmond vertiginosamente.