—Meg, alma mía, que molestarás á Alberto... —amonestó el padre, blandamente.

—No, no —cantaba Meg—. ¿Verdad que no le molesto, señor de Guzmán?

—No, rica, no. Pero quiero que me llames Alberto.

—¡Ay, usted me perdone; pero siempre se me va!

—Y que me trates de tú.

—Tiene razón Alberto —dijo Bob.

—Sí, ya lo sé, papaíto; pero como es un señor formal. ¡Ay! —suspiró profundísimamente—. Me va á costar un trabajo...

Alberto y Bob rieron de la desolación y resignación cómicas que mostraba la niña.

Nancy saludó á Alberto con afectuosidad fácil y de buen tono, y se volvió á Bob presentándole la boca á que se la besase. Fundieron los labios glotonamente, gozándose en prolongar la sensual caricia. Meg los observaba atenta, como siempre que se besaban.

—¿Y Ben? Le traigo un rifle.