—No sé, Bobby; andará agazapado en los rincones, como siempre. ¡Qué vergüenza de hijo! —exclamó Nancy con gesto agrio.

—Meg, mi alma, anda á buscarlo —rogó el padre.

—Que lo busquen las criadas —respondió con desparpajo Meg—. Es un bruto y un antipático.

—Meg, vidita, que es tu hermano...

—Pues no lo parece —dijo la niña, rematando en seco la conversación.

Alberto miró á Meg con angustia; se estremecía pensando que un cuerpo tan fino y hermoso pudiera albergar un día un alma mala.

—Meg, sube á que doña Laura te alise un poco el pelo, que vamos á almorzar.

—Doña Laura no, que es muy torpe; yo misma me lo alisaré.

Se marchó cantando, casi alada, que no parecía tocar la tierra. Nancy murmuró en tono confidencial:

—Bobby, ese hijo va á ser nuestro tormento. Después de haber marchado tú, doña Laura vino á quejárseme, porque la había acometido.