—Le habrá dicho alguna cosa ofensiva, algo de la joroba.

—No, no; que la acometió como un hombre ¿entiendes? Ya tiene dieciséis años.

—Calla, calla, Nancy; es imposible. Una alucinación de esa pobre mujer...

—Sabes que las amigas de colegio de Meg no pueden venir á esta casa.

Los ojos de Bob se enternecieron. Murmuró:

—¡Pobre Ben! ¡Pobre niño mío!

—¡Pobre Ben! —repitió Alberto.

—Sí —continuó Nancy con impasible sinceridad—; á ustedes les da lástima de él. Pero ¿y nosotros, Bobby? ¿Me quieres decir para qué queremos un hijo así? Si hasta da vergüenza sacarlo á la calle, presentarlo al lado de una...

—¿Qué culpa tiene él, mi Nancy?

—Y nosotros, Bobby ¿qué culpa tenemos?