Bob no se atrevió á responder. Miraba con angustia entre los árboles del invernadero, por si estuviera allí escondido el jorobado.

Subieron al comedor, una gran estancia con muebles de nogal tallado al estilo del Renacimiento italiano. Habíanse acomodado ya todos á la mesa cuando apareció Ben. Iba derechamente á sentarse en su silla, de altas patas y de cojines, á causa de la exigüidad del torso del muchacho; el padre le llamó.

—Acércate, que te dé un beso. Te he traído un rifle; en el invernadero está. ¿Quieres verlo antes de almorzar?

—Luego lo veré —respondió Ben; no manifestaba ningún interés por el juguete. Su voz era ahilada y chillona.

Se sentó entre doña Laura y Alberto. Doña Laura apartó su asiento con horror y estrépito, precaviéndose de una verosímil violación pública. Ben revolvió sobre ella los ojos, colérico. Tenía el cráneo aplastado por los costados; el perfil de su rostro era una proa; las orejas, retrasadas, altas, despegadas y puntiagudas; brazos y manos larguísimos, á modo de tentáculos; el color, de palo seco; los ojos, penetrativos y llenos de funestos presagios. Contrastaba dolorosamente en aquella junta familiar de seres hermosos y saludables. No era difícil echar de ver que le herían por igual el odio descubierto de su madre y hermana, y la compasión excesiva y poco disimulada de su padre. Alberto procuraba tratarle con perfecta naturalidad, así como si le diese á entender que su deformación era un accidente muy frecuente entre los hombres, á tal punto, que nadie pára mientes en ella. Se esforzaba porque no se traicionase la lástima que sentía. Ben adivinaba por instinto un buen amigo en Alberto y le tenía mucha adhesión, pero no se atrevía á mostrarla enteramente en presencia de los suyos. Si él hubiera sabido que Alberto le amaba más á él que al resto de la familia, hubiera sido feliz. Cuando acontecía que miraba á su hermana ó á su madre, ó á su padre, de sus pupilas parecía fluir un volátil corrosivo, como si hubiera deseado descomponer y destruir la hermosura de aquellos rostros.

—Usted no dudará de que yo le quiero bien, ¿verdad Alberto? —dijo Bob.

—No dudo.

—Pues, por este cariño que le tengo, ¿á que no sabe usted lo mejor que le deseo?

—Á ver.

—Que se quedase usted de pronto sin un cuarto.