—¡Qué extravagancias dices, Bobby! —comentó Nancy.
—No son extravagancias.
—Explíquese usted.
—Para que de este modo se viera usted obligado á trabajar.
—Á escribir, quiere usted decir.
—Es su canción —habló Nancy—. Dice que usted debía escribir.
—Y como sé que no escribirá, á no ser por fuerza...
—Eso es; me arruina usted y á ganarme la vida escribiendo, y en España, donde nadie ha logrado ganársela por este procedimiento, desde Cervantes hasta nuestros días.
—¿Cómo no, mi amigo? Pues...
—No cite usted nombres. Uno por uno, todos los que usted me cite, es seguro que dirían lo que yo he dicho.