Bob se ofreció á acompañarle en el automóvil.
De camino Bob preguntó:
—¿Tenía usted toda su fortuna en casa de ese banquero?
—Sí, toda mi pequeñísima fortuna, pero en fin, de lo que hasta ahora he vivido. Tenía casa puesta en Pilares, cuyos muebles vendí, porque no pensaba volver en algunos años. Y una finca que también vendí hace poco, y cosa curiosa, ¿sabe usted quién me la ha comprado? Uno que hasta hace dos años fué criado mío. Le di dinero con que se estableciera. Se ve que ha prosperado deprisa. ¡Ah! Pues, ahora echo de ver que aun cuando el banquero me haya birlado todo lo que le confié en custodia me quedan unas diez mil pesetas, las que presté á Manolo, que este es el nombre del criado. Vaya, que no soy pobre de solemnidad.
—Claro que no; yo he estado sin plata, lo que se dice sin plata, varias veces. Pero, hombre; ¡mire usted qué demonio! ¿Cómo no escogió usted un banquero de más confianza?
—Este era cuñado de una muchacha que fué novia mía. Parecía muy honrado y muy entendido en esos toma y daca de los negocios... Allá veremos lo que ha ocurrido.
—No deje de escribirme.
—Calla; pues me parece que no tengo dinero para el viaje... Á ver... Diez libras.
—¿Qué necesita usted?
—Nada; con diez libras puedo hacer el viaje en tercera.