—Sáquenos de esta zozobra —rogó Nancy.

Alberto sonreía. Al fin habló:

—Si el telegrama no viniera de España creería que era una chanza de Bob.

—¿Cómo una chanza mía?

—Dice: «Hurtado huído. Depósitos desaparecidos. Quiebra terrible. Urge venga primer tren. Jiménez» —después de una pausa—. Hurtado es mi banquero.

Bob y Nancy no supieron qué decir.

—Cualquiera pensaría que son ustedes los culpables... —prosiguió Alberto sin perder su sonrisa—. La cosa no es para tanto, ni probablemente tan grave como mi amigo me lo pinta en el telegrama. Y si fuese, alégrese usted hombre de Dios, que quizás se salga con la suya: escribiré.

—Desde luego... —dijo Nancy vacilante— usted no creerá que porque Bob haya dicho... Y aunque lo haya dicho, que lo deseara. ¡Qué coincidencias!

—¿Cómo lo iba á desear yo? Era pura broma. Y al fin de cuentas, Guzmán sabe que mi dinero es suyo —dijo con vehemencia cordial.

—No perdamos el tiempo en tonterías. Bob hablaba á las doce y media y el telegrama es de las diez, conque... Como coincidencia no deja de tener gracia. Y ahora me despido de ustedes, hasta... hasta cuando sea.