Lo colocó en el suelo y le volvió las espaldas, pero se arrepintió al punto, y poniéndose en cuclillas, con los brazos cruzados sobre los muslos, y á alguna distancia de Pussy, le dijo, cariciosamente:
—No, monín; no me hagas caso, que te quiero, te quiero... Ven al regazo de tu Meg; puss, puss...
El gato echó á andar paso á paso, tambaleándose con presunción, el rabo perpendicular á la tierra. Avanzaba el gato, y Meg retrocedía, siempre en cuclillas y castañueleando los dedos. Pussy, que no estaba para burlas, hizo alto, precisamente entre Ben y el blanco del tiro.
—Hazme el favor de retirar ese bicho, Meg —rogó secamente el contrahecho.
Y Meg, continuó como si no le hubiera oído. Y el gato, con toda insolencia, permanecía en el sitio, desoyendo los requerimientos burlones de su amita y diciendo con el rabo tieso que nones. Cuando más embebecido estaba en sus tanteos de elocuencia rabuna, un pie del jorobado le lanzó á los espacios, con tanta violencia, que hubo de chocar en la cristalera del hall. Salió huído Pussy, y entonces la gata fué Meg. Crispada y rabiosa, saltó sobre su hermano, el cual de su parte se apercibió más que á la defensa al ataque, requiriendo en guisa amenazadora el rifle de flecha, á la sazón cargado. Alberto llegó en coyuntura de interponerse. Con una mano sujetó á Ben, con la otra á la niña, que, sin intimidarse del arma, luchaba por desasirse y por alcanzar á patadas los tobillos frágiles del muchacho.
Estando en esto, llegaron Bob y Nancy, arrebolados y sonrientes. La madre, por natural impulso y sin más averiguaciones, se dirigió á Ben, con evidente propósito de golpearlo, lo cual logró impedir Alberto. Bob aupó en brazos á la niña, que hipaba y lloraba de coraje. Empezaban las explicaciones, cuando apareció un criado con una bandeja, y en ella un telegrama y una carta para el Sr. Guzmán.
—Un telegrama... —murmuró Alberto hablando consigo mismo—. ¿Quién puede tener interés en telegrafiarme? Y urgente...
Hubo un minuto de ansiedad. Los niños se aplacaron de pronto. Miraban á Alberto como si aguardasen algo misterioso. Alberto leyó el telegrama por dos veces. Examinó el sobre de la carta y la hizo añicos sin abrirla.
—¿Pero no lee usted la carta? —preguntó Bob asombrado.
—Ya ¿para qué?