—Aquí está —dijo con aire triunfal Mármol, zarandeando á Alberto, el cual se desperezó con el dorso de las manos, como los niños.
—¿Eh? —inquirió Guzmán, medio inconsciente. Y avivándose—. ¿Mármol? ¡Jiménez! Pero ¿estamos en Pilares?
—No, en Babia —respondió Mármol con el cigarro entre los dientes—. Y usted en zapatillas, y el lío de mantas deshecho, y el tren no para sino seis minutos. Ea, abajo tal como está. En el andén lo arreglaremos todo.
Alberto se vistió un gabán holgado de espeso tejido esponjoso. Entre los tres cogieron en rebujo las cosas que andaban diseminadas por las rejillas y las bajaron al andén á tiempo que el tren partía.
Jiménez, el jocoso y festivo Jiménez, para quien no había trance, por solemne que fuera, que rebajase su frenesí humorístico y propensión acrobática, estaba en aquellos momentos inmóvil y casi funerario. Mármol, á quien sus amigos llamaban Marmolillo, en razón de su frigidez inalterable y de no habérsele visto reir nunca por fuera, porque había aprendido á reir por dentro, exhibía en tales circunstancias un buen humor y un prurito de andar de aquí para allá y hacerlo todo, evidentemente contradictorios con su naturaleza boreal. Quiso conducir á Alberto en su automóvil hasta el hotel. Alberto se negó; prefería estirar las piernas, andar. Salieron de la estación. Clareaba el cielo. Un hombre iba apagando los faroles públicos. Sobre la línea superior del caserío, como perfil quebrado de un muro ruinoso, ascendía la sombra gótica de la catedral, y era al modo de un ciprés.
Alberto no tenía deseos de preguntar nada; tal vez zozobra de saber al fin y del todo lo que temía. Jiménez no osaba hablar. Mármol sostenía la conversación, refiriendo casos acaecidos en Pilares durante la ausencia de Alberto, pero no se aventuraba á abordar el asunto principal.
Cuando llegaron al hotel era de día. Alberto intentó despedirse. Los otros dos subieron con ánimo de informarle, en conclusión, de lo ocurrido.
Sentáronse los tres. Alberto en el borde de la cama, y Mármol tomó la palabra, á fin de hacer historia.
Telesforo Hurtado, á poco de casarse con Leonor Tramontana, había tomado posesión de la casa de banca por cesión del fundador y con ayuda de medio millón de pesetas que don Medardo había puesto en sus manos. De cómo iban los negocios nadie sabía nada, de seguro. Unos decían, que bien; otros, que mal. Lo cierto es que Hurtado hacía vida libertina y pródiga, mudando de queridas, de automóviles, de alhajas y de costumbres con tan frecuente periodicidad, que todo Pilares se hacía cruces. Sucedió que, en uno de los cafés cantantes de la capital, sobrevino cierta cupletista francesa, Nanon Orette. Aquí interrumpió Jiménez:
—¡Ay, y qué Orette! Las marranerías que sabía hacer... —Y sorbió con ansiedad un gran volumen de elementos atmosféricos. Iba recobrando el régimen y libre arbitrio de sus dotes festivas.