Al sobrevenir la Nanon Orette, Hurtado mudó de criterio acerca de las queridas; de lo temporal pasó á lo permanente. En cuanto á los otros cambios, se redujo á realizar aquéllos y sólo aquéllos que Nanon ordenaba. Estas abominables relaciones de la danzante y el banquero se mantuvieron durante dos meses, con gran escándalo de los corazones castos y... Nueva interrupción de Jiménez:

—Con conocimiento público de las más íntimas particularidades —con el índice de la mano derecha hizo descender el párpado inferior del mismo lado. Añadió, con acento de irritada austeridad—: ¡Contra natura! —é inmediatamente, formó con la boca algo á manera de culo de pollo y emitió por dos veces un sonido desgarrante y escatológico; todo ello, sin perder la gravedad del gesto.

El contraste era tan cómico, que Alberto se echó á reir. Mármol, á su vez, en terminando de reirse por dentro, continuó la historia.

Un día, marchó Hurtado á Madrid á especular en Bolsa, como hacía quincenalmente, según de público se aseguraba. Á los cinco días, el tenedor de libros de la casa recibió una carta de Hurtado, desde el Havre, diciéndole que tuviese la amabilidad de participar á sus numerosos favorecedores y clientes que les estaba muy agradecido por la simplicidad y sandez que con él habían mostrado, y que agur. En Pilares no se registraba catástrofe alguna de mayor monta desde hacía varios decenios. De las primeras informaciones se sacó en claro que Hurtado, con todos los valores que tenía en depósito y custodia, iba abriendo cuentas en el Banco de España, pignorándolos, las cuales, cuatro millones de pesetas en junto, estaban agotadas, y las garantías en poder del Banco. Es decir, que no había dejado un maravedí sin rebañar. Y del dinero ¿qué había hecho? ¿Lo había gastado? ¿Se lo llevaba consigo? Probablemente lo uno y lo otro.

Alberto escuchó hasta el fin, sin mostrarse contrariado ó abatido.

—Yo tenía todo mi dinero en casa de Hurtado. Concretamente, ¿qué sacaré en limpio?

—Mi opinión sincera... Creo que nada, absolutamente nada —afirmó Mármol.

—Sin embargo... —dijo Jiménez—. Hay quien cree...

—Sí, hay quien cree que se podrá obtener el diez por ciento de los créditos, y eso después de una tramitación judicial, que lo mismo puede durar cuatro que cuarenta años. Me parece que Alberto no debe pensar en ello más.

Alberto hizo una cruz en el aire, como expresando que era asunto concluído. Quiso sonreir, afectar perfecta naturalidad y descuido en presencia de sus amigos; darles á entender que era hombre de hilaza demasiado prieta para que le penetrasen las punzadas del infortunio; pero su corazón palpitaba azorado y su cerebro se embrollaba sin atinar á discurrir con arte.