—¿Quién lo dijera? Parecía inteligente en sus cosas, y honrado... —Alberto masculló esta consideración, á media voz, y la cabeza inclinada sobre el pecho.

—Inteligente... Pss. Se pasaba de listo, listo de conveniencia, pero ¿honrado? Siempre dije que era un pillete, y que acabaría mal —dijo Mármol, contemplando con estoica filosofía las proporciones minúsculas á que había quedado reducido su cigarro y como si en él descifrara un emblema transcendente de las grandezas humanas.

Hubo un silencio penoso, que rompió Mármol.

—¿Qué piensa usted hacer?

—Yo qué sé, Alfonso.

—No es para preocuparse —opinó Jiménez—. Á Guzmán no le faltará una colocación de unos cuantos miles de pesetas al año, aquí, en cualquier empresa.

Harto sabía Jiménez que esas colocaciones eran asequibles como el vellocino de oro ó la trasmutación de los metales. Después de una pausa, preguntó Mármol:

—¿Cuántos años tiene usted?

—Treinta y dos.

—¿Por qué no se casa usted?