Mármol quería decir evidentemente, ¿por qué no se casa usted con Fina?
—Es la mejor ocasión. Ahora que soy un excelente partido... —contestó Alberto sin disimular su amargura.
—Ahora, sí. ¿Cuándo mejor que ahora para que usted contraste si el cariño que le tienen vale ó no vale?
—Eso sería, supuesto que yo no tuviera sentimiento de mi dignidad. Además, usted ha comenzado por afirmar, implícitamente, que no hay sino presentarme, decir: aquí estoy yo, y todo hecho.
—Exactamente —corroboró Mármol—. Ni más ni menos. No hay nadie en el mundo que conozca mejor á la gente que yo. Y cuidado que yo no he hablado una palabra en mi vida con ella... Si no hay más que verla. Le ha estado esperando y le seguirá esperando siempre.
Guzmán no quiso replicar; sabía que su voz sería temblorosa.
Propuso Jiménez:
—Dejémosle ahora que descanse. Volveremos después de comer.
—No vuelvan ustedes. Desde luego me voy derechamente á Cenciella. Necesito hacer examen de conciencia y un plan de vida, y nada como la aldea para estos casos.
—Á Cenciella; está bien. Pero, ¿á qué parte, á qué sitio? —interrogó Mármol, sutilizando la pupila bajo los entornados párpados.