—Á qué parte... ¿Á dónde ha de ser? Á mi casa, es decir, á casa de Manolo, que para el caso es lo mismo.
—Á casa de don Manuel Carruéjano, alias Taragañón, orador famoso, columna del orden social y teniente alcalde conservador en Cenciella.
—¿Es posible? —Alberto exteriorizó placentero asombro—. Miren si ha medrado. ¡Cuánto me alegro!
Despidiéronse. Á solas, Alberto se tumbó boca abajo sobre el lecho. Con las manos se apretaba la frente. No hubiera querido pensar en nada.
VI
Era don Celso Robles un célibe sexagenario, enconado enemigo de la más bella mitad de la especie humana, y particularmente fanático de la deglución, de la potación y de las beatíficas sobremesas consagradas al juego del hombre, que también se suele llamar tresillo. El estilo de la arquitectura corporal de don Celso pertenecía al período ciclópeo; sus piernas, dos bárbaras columnas monolíticas; su vientre, un templo primitivo habitado por una divinidad cruel y turbulenta en cuyo propiciamiento se inmolaban á diario innumerables víctimas arrancadas á la libertad de sus naturales elementos —el aire, la tierra, las aguas—, solemnizándose el sacrificio con derrame copioso de brebajes báquicos y confortativos. La cúpula de este templo, que siempre se mantenía en actividad religiosa, era una cúpula tricolor, decorada con franjas paralelas; primero, el cuello blanco de la camisa; más arriba, un gracioso lóbulo ó abombamiento, que, al fundirse, formaban la papada y el pertorejo, de un color rojo flamígero y esponjoso como la cresta y barbas del gallo; más arriba, el blanco impecable de la boca, ostentando sonoras señales de que el dios se hallaba satisfecho de su culto, reía tan dilatadamente que las comisuras de los labios escapaban por entrambos lados del rostro, como si fuesen á juntarse por detrás del occipucio; la próxima franja en altitud la formaban la nariz, las mejillas, las orejas y el colodrillo, todos ellos tan arrebatados de entonación que del rojo habían pasado al azul índigo; y, por último, la sesera, de bruñido bermellón con irisaciones metálicas, como el vidriado de los azulejos moriscos. Patológicamente, el señor Robles era un temperamento apoplético y congestivo. Su médico le había sugerido la posibilidad de que reventase un día, y aconsejado que rompiera con sus hábitos vegetativos, que dejara los negocios y se fuera á vivir al campo. La idea de que aquel dios insaciable que se alojaba en su bandullo pudiera ver el ocaso y extinción de su culto, torturaba las más delicadas fibras del corazón de don Celso. Intentó traspasar la casa, pero no halló quien aceptara la sucesión en buenas condiciones. Hasta que un día, Telesforo Hurtado, le confesó sus planes, que don Celso escuchó con gran regocijo, alentándole á que se casase cuanto antes, á pesar de su enemiga á las hijas de Eva. En casándose, la banca pasó á ser Telesforo Hurtado y Compañía. El señor Robles no tenía inconveniente en dejar una buena parte de su capital, á la sazón circulante, que le había de ser satisfecho por anualidades de cincuenta mil pesetas. Compró una casa de campo, reclutó tres amigos viejos y mal parados de fortuna que le hicieran el tresillo, é, introduciendo alguna novedad en el dogma, se fué á convertir en rústico el culto urbano de su vientre. Al despedirse de Hurtado no pudo abstenerse de destilar algunas gotas de pesimismo acerca del sexo débil:
—Has hecho un buen matrimonio, evidentemente, Telesforo; pero mi experiencia del mundo me obliga á amonestarte á que te pongas en guardia. Con las mujeres, hijo mío, hay que estar siempre en guardia, siempre centinela alerta y con el arma en la mano, porque si no el diablo se las carga —quiso decir, sin duda, el diablo las carga—. Y ahora, que te vaya bien en tus negocios, por la cuenta que me tiene, y además porque deseo verte prosperar.
Comenzó la casa á regir bajo los auspicios de Hurtado, y éste á darse aires y vida de gran señor. La ostentación chalanesca de piedras preciosas y la adquisición del primer automóvil inquietaron no poco á don Medardo, el cual, cogiendo confidencialmente á su yerno, hubo de hacerle algunas observaciones. Á esto respondió Hurtado:
—El pez grande se traga al chico, y peces grandes ó chicos no se pescan sino con cebo en el anzuelo. Una casa de banca no vive, ó por lo menos vive principalmente, de tener en circulación el dinero que se pone bajo su confianza. No vale ser rico tanto como aparentarlo. ¿Cree usted que puede inspirar confianza á sus clientes, ó atraer otros nuevos un banquero que viva como un pordiosero?