—Á mi modo de ver, sí; más confianza que uno que gaste con exceso.
—¡Bah! Esa es la manera de entender los negocios en España, y así van las cosas. Antiguallas, don Medardo, antiguallas —y diciendo así, conducía al viejo hepático hasta la garita del tenedor de libros—. Muéstrele usted á don Medardo el aumento en depósitos y cuentas corrientes desde que la casa lleva mi nombre.
El aumento había sido considerable. Don Medardo se daba por vencido.
—Tienes razón; yo estoy muy á la antigua.
—El automóvil, los brillantes... ¿Cree usted que lo hago por gusto? No. El cebo, querido don Medardo, el cebo. Poco á poco, los clientes de las otras casas se van pasando á esta. Ahí tiene usted á ese Meumiret, el de ahí enfrente, el gocho de mar, como le dicen sus empleados, que está que echa... sustancia láctea.
Á pesar del eufemismo, á don Medardo no le hizo gracia la frase. Repitió Hurtado:
—El cebo, el cebo.
—No me gusta oirte hablar así, Telesforo. Empleas unas palabras... El cebo...; parece que se trata de engañar á la gente.
—Otra antigualla; pues ¿qué son los negocios sino á ver quién engaña á quién? Usted mismo, en su almacén de la Habana, ¿qué hacía sino engañar á la gente?
—Me dejas aturdido. Según lo que se llame engaño... —don Medardo meditó unos momentos—. Bueno, yo pienso; esa misma confianza que te demuestra la gente ¿no te añade responsabilidades y te obliga á pensar si acaso, vaya, si tal vez comprometerías lo ajeno con sorbitancias?