Telesforo se irguió:

—¿Es que usted teme por su dinero?

—Por Dios, Telesforo; no hablo de lo mío. Yo confío en ti.

—Pues de lo ajeno, deje usted que entre á porradas. Dinero pare dinero.

Cuando Telesforo mudó por primera vez de automóvil, don Medardo no se atrevió á abrir el pico. Pero al cuarto cambalache no pudo contenerse. Las risotadas con que le recibió Telesforo desconcertaron al viejo.

—¿Sabe usted cuánto he ganado en cada una de estas operaciones de compra y venta? Tres mil pesetas. Sí, señor. Venga usted á ver los libros y se convencerá.

No había tal cosa en los libros, pero Telesforo estaba seguro de que Tramontana había de responder, como respondió:

—Me basta lo que me dices —y luego, asombrado—. Verdaderamente, eres un lince.

Otra cosa que á don Medardo le metía doloroso terror en los huesos era el tráfico de valores que Telesforo hacía en Bolsa. El viejo tenía el concepto arcaico de que la riqueza es algo sólido y permanente: monedas, casas, tierras. La idea de la permanencia era lo fundamental. Un capital se construía como un edificio, colocando piedra sobre piedra. Siempre se había reído de esas fortunas aéreas y fabulosas que surgen como por encanto, y como por encanto se disipan. El agio le causaba pavor; era, á las fortunas verdad, lo que el rayo á las casas, que en un punto las reduce á escombros. Pero á todo acudía el despierto Hurtado, envolviendo al suegro en tan enmarañados argumentos y deslumbrándolo con hechos tan flagrantes, que al cabo de un año el hombre estaba convencido de que Hurtado era el más grande genio financiero que habían visto los siglos.

Y así, como en cierta velada familiar la tía Anastasia, componiendo una sonrisa ácida que había inventado la primera vez que vió á Telesforo, hubiera tenido el cinismo de insinuar traidoramente que Hurtado le daba mala espina, don Medardo quiso abatir su osadía arrojando á la faz de su tía materna este apóstrofe crítico: Anastasia ¡tienes la mollera herpéticamente cerrada á canto y lodo! La tía Anastasia, aunque humilde, fué contumaz y añadió que Hurtado sería un querubín descendido del empíreo, pero que á ella, sin poderlo remediar, le daba muy mala espina; y manifestó la sonrisa ácida. Anastasia —repitió don Medardo, indicando que daba por cerrado el ciclo de las controversias—, tienes la mollera herpéticamente cerrada con mampostería. Y de esta suerte Telesforo quedó ungido inviolable en el hogar del piso primero de la casa. Él y Leonor vivían en el segundo. Leonor era feliz, adoraba á su marido, el cual le había fecundado las entrañas poniéndola á parir un fruto de bendición, una aceitunilla con todos los caracteres étnicos de los calmucos, un genio endiablado y una noción tan rudimentaria de la regularidad en las eliminaciones digestivas que no había pañales para él. Con todo, la familia Tramontana lo reputaba como dechado y arquetipo de la belleza infantil, veían no se qué gracia exquisita en sus berrinches, un desparpajo encantador en su afán de vaciar las tripas en todo momento, y una lumbre inquietante de precocidad en su estulta expresión de calmuco. Hasta la tía Anastasia, á pesar de la mala espina que le daba el padre, sentía por el talento del hijo admiración sin límite.