—Este rapacín mete miedo —no quería decir que la fealdad del chico espantase, como era la verdad, sino que su inteligencia amenazaba no dejarle vivir, expresando á su modo la frase de Menandro: los elegidos de los dioses mueren jóvenes. Añadía la vieja—. ¡Si él pudiera hablar...!

Cosa que verosímilmente no acontecería nunca, porque los micos carecen de la facultad del lenguaje.

La noticia de las aventuras galantes de Telesforo llegaron hasta el hogar Tramontana y poco después treparon con insidia hasta el piso segundo. En el hogar Tramontana se le juzgó con bastante lenidad; hallaban disculpas á sus extravíos amorosos en su juventud, en el hecho de encontrarse Leonor amamantando al pequeño Telín, y según autorizada opinión de don Medardo que sorprendió mucho á su cónyuge, en cierta incontinencia ó ideal de perpetuación que va siempre poderosamente adscripta al sexo masculino. Todo esto lo decía don Medardo con muchos circunloquios, y, por supuesto, no estando Fina presente. Pero doña Dolores en cuanto entendió lo que su esposo quería decir, revolvió unos cuantos años en su memoria, y sacó en consecuencia que don Medardo había emitido una afirmación falaz. Á pesar suyo y con nostalgia muy retrospectiva, como el que dijese: si yo hubiera tratado á Sardanápalo, murmuró:

—No digas, Medardo.

También don Medardo entendió. Sintiéndose herido en el centro más delicado de su personalidad viril, contestó con dignidad:

—El hombre es flaco —como demostración puso una pierna sobre la otra haciendo sonar los huesos—. Yo hombre, al fin y al cabo, hombre como cualquiera, cuando era joven y estaba sano fuí víctima, como ahora lo es Telesforo, de esa ligera enfermedad, ó si se quiere incontinencia y aun furor. Pero unos lo hacen de solteros y otros de casados.

—Y otros de solteros y de casados —agregó la tía Anastasia.

—Anastasia —expostuló don Medardo—. Hay que ser tolerante con la flaqueza de la carne. Tú no sabes de eso.

En el piso segundo las noticias produjeron diferentes efectos. El Mercurio portador de las infaustas nuevas fué un mensajero femenino, la peinadora de Leonor. En tanto quitaba los bigudís á la señorita, esponjaba su cabellera y le añadía como aditamento un moño enorme perteneciente á un cadáver anónimo, iba la proterva mujer depositando arteramente en el corazón de Leonor la ponzoña de sus revelaciones. Al llegar al punto culminante, la infeliz casada expelió un grito ahogado, que hizo pensar á la peinadora si le habría dado distraídamente un tirón en una mecha de pelos del occipucio. No; el dolor era más hondo. La peinadora dió por terminado su menester aquel día y dejó á Leonor abandonada al infortunio, caída en actitud desolada sobre un diván y de manera que el artificioso tocado no sufriera detrimento. Al volver Telesforo á casa hubo una escena de dramática intensidad. La esposa mártir se colocó en situación cristiana de sojuzgamiento y resignada aceptación de los designios de la Providencia. Nada de reproches, ni dicterios, ni cóleras. Pero confesó el presentimiento que tenía de que se le retirase la leche, con lo cual el calmuco de cría había de verse obligado de allí en adelante á ingerir alimento mercenario y quizás adulterado. Telesforo acudió con toda ternura á desmentir las noticias, y dijo que sería horrible que se cumpliesen tan sombríos vaticinios, respecto á la escasez de lacticinios. Confesó muy avergonzado y de modo que inspiraba compasión, que era cierto que algunas veces se había presentado en público con mujeres, y mujeres hermosas. Pero, añadía justificándose, siempre había sido obligado de las circunstancias, cuándo por tratarse de negocios, cuándo porque ellas materialmente le perseguían, aunque sin haber logrado —su palabra de caballero— que hasta entonces él hubiera cometido una infidelidad conyugal. El pecho de Leonor vióse nuevamente asistido del torrente lácteo, á sus ojos acudieron lágrimas sedantes y á sus labios sonrisas angélicas. ¡Era tan natural que todas las mujeres ambicionasen á su Telesforo, á causa de su expresiva cara tártara y de la riqueza en glándulas sebáceas de su epidermis! Á partir de este punto ya podían irle con cuentos á Leonor. Ella sonreía misteriosamente; estaba en el secreto. Su padre le decía algunas veces.

—No hagas caso nunca, hija mía, de lenguas vituperinas.