—Á buena parte vas, papá.

Como Hurtado era muy meloso y simulador en sus relaciones domésticas, Leonor vivía confiada en él, segura de aquel tesoro que todas le envidiaban. Y estando así, Telesforo tomó la ruta de Ultramar sin dejar una palabra de despedida para su mujer ni para el pequeño calmuco.


VII

La evasión de Hurtado fué conocida en el hogar de don Medardo á la media hora de recibir el tenedor de libros la carta fatídica. Nadie se consideraba con bastante valor para poner en conocimiento del viejo Tramontana lo ocurrido, pero, casualmente en los primeros momentos de turbación llegó, al despacho de la banca, Carriles, el corredor de comercio, hombre desenvuelto é imperturbable que se pintaba como él solo para estos lances. Era, sin duda, entusiasta observador del corazón humano y se gozaba en ver la cara que ponían las gentes al oir aquello que más les perjudicaba. Tenía una mirada tan fría, que cuando miraba á una persona le convertía la sangre en un sorbete de fresa. Prestóse al punto á ser el emisario, y tomó un coche, cuidando con mucho escrúpulo de que don Medardo saliera cuanto antes del error é ignorancia en que vivía sumido. Contaba con que había de desarrollarse una escena patética, pero su corazón impertérrito estaba determinado á afrontarla.

Don Medardo se calentaba al lado de una chimenea, aproximando los pies, en calcetines, á la lumbre.

Las zapatillas, de terciopelo negro bordadas de miosotis, obra de la industria filial de Leonor, yacían junto á la butaca.

—Siéntese usted, Carriles, y veamos qué le trae por esta su casa. Usted me consentirá que siga sin zapatillas. Estos pies no se me calientan nunca.

Carriles desarrolló un hábil exordio, lleno de incisos y de catastróficos presagios.

—Al grano, amigo Carriles.