Carriles pensó ¡allá vá!, y soltó no el grano sino la bomba, con los ojos pegados sobre la cara de don Medardo, cuya amarillez hepática desaparecía bajo la reflexión del fuego. Don Medardo no pestañeó, no abrió la boca ni movió un músculo. Continuaba con perfecta ecuanimidad rehogando el pie izquierdo, particularmente refractario á las ondas calóricas. Carriles se veía defraudado. Añadió en tono cavernoso:

—¡Una gran catástrofe!

—¿Eso es todo, amigo Carriles?

Carriles compuso un gesto y un ademán desolados, como dando á entender: ¿le parece á usted poco? Se despidió. Don Medardo se excusó de salir á la puerta, alegando la frigidez de sus extremidades abdominales, y el observador entusiasta del corazón humano salió de la casa pensando que don Medardo no tenía corazón. En estando á solas, el viejo llamó á su mujer. Quería consultar con ella la forma más dulce y cauta de enterar á Leonor. Era lo único que preocupaba á don Medardo. Allá en el fondo, muy en el fondo de su alma sencilla, sentía algo así como satisfacción orgullosa, una especie de vanidad intelectual; su sistema financiero no era una antigualla, bien decía él. En realidad, le costaba trabajo creer que Telesforo hubiera huído criminalmente, después de haber robado. Pensaba que se había arruinado de buena fe y que la vergüenza le había obligado á escapar. Ni él ni doña Dolores se acordaron para nada de los cien mil duros cercenados al patrimonio familiar. Inquietábales tan sólo el dolor que del suceso había de recibir Leonor y las consecuencias que pudiera traer á su salud y á la del pequeño calmuco. Platicando, llegaron á convenir en que Fina era la indicada para preparar y revelar á su hermana la triste verdad. Requirieron á la niña, la cual acudió acompañada de tita Anastasia. Don Medardo contó todo lo que sabía, en breves palabras. Tita Anastasia sintió también, en aquella coyuntura, lo primero de todo, satisfacción intelectual, pero en proporción centuplicada á la de su sobrino, y la inutilidad subsiguiente de aquella sonrisa ácida de su particular invención. Elevó las manos al cielo y murmuró:

—¿No decía yo que me daba mala, muy mala espina? —parecía un grito de triunfo. Su rostro mostraba tal contento, que don Medardo dijo pasmado:

—Cualquiera creería que te alegras, Anastasia.

—Tienes razón, Medardo. ¡Dios me perdone! —suspiró, arrepentida y abochornada de haberse dejado arrastrar por aquel movimiento espontáneo, del mismo linaje que el que hace prorrumpir á los espectadores de galería en un gruñido de emoción viendo descubiertas las perfidias del traidor de un melodrama—. ¿Cómo me he de alegrar? La pobre Leonor... ¡Dios me perdone!

—¡Dios nos perdone! —alentó, con tenue bisbiseo Fina. Porque, á pesar de todo, estaba contenta con la desgracia, y adivinaba en ella el germen activo de próximas venturas. Alberto volvería á Pilares á emprender nueva vida.

Fina subió á cumplir su ingrata misión. En aquellos instantes, la madre bañaba al calmuco, el cual había llegado á tal punto de cólera, que de verde aceituna se había puesto de color berenjena, y no se daba reposo á berrear, patalear y expresar á su modo rabia y odio felinos al agua y á las artes cosméticas. Lo enjutaron, lo fajaron, lo aplacaron y vieron que el calmuco retornaba á su verdor nativo y se acogía, siempre con gesto enfurruñado, á los asilos del sueño.

Fina procedió con tan buen tino y serena dulzura, que cuando concluyó de hablar, Leonor permanecía sin inmutarse, recogida en sus pensamientos. Á poco comenzó á derramar abundantes lágrimas tranquilas. Fina la abrazaba y acariciaba en silencio. Al cabo de un tiempo, Leonor se serenaba. Había adquirido noción cabal de lo ocurrido y había formado su génesis y explicación conforme á las ilusiones de su alma. Telesforo la amaba siempre, y esta era la causa de que, habiendo ido á mal en sus negocios, huyera sin atreverse á confesarla sus tormentos, quizás su desesperación.