—¿No crees tú, Josefina?
Josefina veía lo absurdo de tales suposiciones; pero, respondía que sí.
—Telesforo siempre fué un niño. Los últimos tiempos andaba muy preocupado y me dijo, muy en secreto, que era por los negocios. ¡Ay, mi Teles! ¿Por qué no habrá acudido á papá? Le hubiera ayudado de seguro, ¿verdad? Lo que sufrirá, pensando en mí y en su pequeñín, en su nenín, que le tenía loco.
Leonor se levantó á besar al pequeño calmuco.
—Tranquilízate, Leonor. Lo vas á despertar.
Leonor volvió á sentarse en una butaca baja. Apoyó los codos en las rodillas y la cara en las manos. Cuando irguió la cabeza, sus ojos lucían radiosos.
—Fina, te aseguro que en muy poco tiempo Teles hará fortuna en América, volverá y resolverá todas las cosas. ¡Niño mío, bobo, que sufres por tu Leonor sin atreverte á escribirla! Pero verás, Fina, cómo no pasan muchos días sin que yo reciba carta de él. No podrá más. ¡Oh, aturdido, inocente; haber huído del consuelo y de la ayuda! No se lo voy á perdonar —quiso sonreir, pero rompió á llorar—. De todos modos, Fina, ¡soy muy desgraciada!
Luego, convirtió su memoria hacia el padre viejo.
—Dile, Fina, que no quiero que se entristezca ni preocupe. Yo soy la más interesada, y ya ves, estoy tranquila. Confío en Dios y en el mañana. No quiero que el pobre viejecito sufra por mi causa. Yo misma bajaría, pero me parece demasiado pronto. Cuando nos veamos, yo prometo estar serena; ya verás. Y á mamá también; que no llore. Estarán angustiados. Baja, baja, Fina.