VIII

Desde la estación de Cenciella al pueblo hay un kilómetro de distancia. De ordinario, los viajeros suelen hacer el camino siguiendo la vía férrea carbonera, que cruza en la misma estación con la línea de viajeros y pasa contigua al caserío; es una avenida lóbrega, tapizada de carbonilla y enhebrada entre dos muros de centenarios álamos negros. Alberto prefirió echarse á campo traviesa, por prados, bosquetes y hazas de tierra roja. Era el posmeridio de un día asoleado y dulce.

Así como cuando la finca fué suya acostumbraba penetrar en ella furtivamente por la casa del casero, ahora quiso hacerlo por la puerta grande, que de par en par estaba abierta. Gozábase imponiendo con esto un nuevo linaje de dominio, de imperio sentimental. Aquella casa siempre sería suya, únicamente suya, que él sólo poseía la virtud de evocar su latente vida añeja y descifrar su expresión de poética ternura.

Detúvose en la plazoleta que se hace delante de la fachada. El edificio parecía recibirle asombrado de verle volver, con los ojos de los balcones muy enarcados, y la boca del portón como alelada. Los rosales del tapial temblaron de emoción.

Alberto atravesó corriendo la portalada, subió los escalones de tres en tres, gritando:

—¡Manolo! ¡Manolo!

En la meseta alta de la escalera aparecieron por diferentes puertas Teresuca y Manolo, en mangas de camisa y con una chaqueta en la mano. Esta circunstancia determinó que Alberto ensamblara naturalmente la vida del momento con la pretérita. Diríase que Manolo había sido sorprendido en el punto de cepillar la ropa del señorito.

—¡El señorito!... —exclamó Teresuca espontáneamente.

—¡Don Alberto!... —añadió Manolo como si rectificara y la recriminase.

Alberto abrazó á Manolo con mucha efusión y afecto. Dábale á entender que se enorgullecía de su prosperidad y en ascenderle desde ayuda de cámara á amigo, en la consideración. Volvióse en seguida á sacudir cordialmente la mano de Teresuca.