—¿Cómo estás, Teresuca?
—No sabía que se tuteaban ustedes —observó con seca malignidad Manolo, vistiéndose la chaqueta. Prosiguió—. Ya nos hemos enterado de la desgracia. ¿Quiere usted pasar?
Alberto se ruborizó. Después de unos minutos de vacilación creyó expresar y aclarar sus sensaciones, diciendo á Teresuca:
—¿Es celoso Manolo?
—Qué ha de ser celoso...
Por el tono de la respuesta, Alberto coligió que una aridez desolada se interponía entre los dos esposos. Triste y cohibido, echó á andar hacia el interior de la casa. Manolo le atajó el paso:
—Por ahí, no; es mi despacho. Pase usted á la sala. Siéntese usted. ¿Quiere usted tomar algo?
—Gracias. No tengo gana de nada.
—Y ¿adónde iba usted?
—No iba, Manolo, sino que venía á mi casa... No pongas ese gesto; á tu casa, si quieres. Venía á pasar una temporada en vuestra compañía, en tanto determino qué camino tomar. No hables, no —Manolo bajó los ojos—. Si sé lo que vas á decirme... ¡Nunca pude imaginar tanta ingratitud!