—No me hable de ingratitud, que no viene al caso.
—Ingratitud te digo. Eres un hombre despreciable —recalcó Alberto, en pie, exaltándose.
—Teresa, hazme el favor de irte de aquí con viento fresco.
Teresa salió, con lentitud de desafío, volviéndose de vez en vez á mirar, afable, á Alberto.
—Supongo que no vendrá usted al sagrado de mi hogar á lanzarme injurias en el rostro —Alberto no sabía si reirse de la grandilocuencia idiota de su criado, ó escupirle y dejarlo á solas. Continuó—. Todo en el mundo se rige por la ley de la oferta y la demanda; toma y daca, do ut des, como dice el Evangelio: quiero decir que esto es el Evangelio. Si yo...
Alberto tuvo una idea súbita. Decía Manolo:
—Si yo fuí algún día criado y supe elevarme á la cúspide de la escala social como Rousseau; si desde el piélago humilde de la escasez navegué hasta la tierra, no diré que de la abundancia, pero sí del modesto bienestar que creo que otros le dicen parsimonia; si de los libros que usted despreciaba supe construir coturnos para mi alma; en suma, si de crisálida me convertí en mariposa que surca los espacios, nada tiene que ver eso con la gratitud. Nada le debo á usted...
Aquí Alberto se precipitó á cortarle el chorro.
—Me debes nueve mil y quinientas pesetas; eso sin contar intereses.
Manolo vaciló un momento.