—Si usted suprimiera el tuteo, que corresponde á un período infausto de mi vida, nos entenderíamos mejor.
—Me debes nueve mil y quinientas pesetas, las cuales me devolverás dentro del plazo de un día, si no quieres que apele á la vía judicial.
—Esa suma que usted menciona tuve la satisfacción de satisfacerla en la casa de banca de don Telesforo Hurtado, de execrable memoria, precisamente poco después de habérmela prestado usted. Ítem más, con sus intereses.
Alberto leía la falsedad en los ojos de Manolo.
—¡Mientes! ¿Dónde está el recibo que lo acredite?
Manolo titubeaba. Recobróse y devolvió la pregunta con insolencia.
—Y ¿dónde está el recibo que acredite haberlas yo recibido de sus manos?
—¡Ah! —gritó Alberto triunfalmente—. Al menos tienes el valor de confesar tu canallería...
—No confieso tal.
—Sí, hombre, sí. ¿Que yo no te exigí recibo al prestártelas? Haces bien en no devolverlas. Justa sanción á mi candidez por haber fiado en tu tontería que no en tu honradez. Porque tonto siempre lo has sido á no poder más; y me asombro de ver que en esto has ganado en quinto y tercio.