Este severísimo juicio acerca de su vigor mental desconcertó á Manolo. Resolvió dar fin á la plática.

—Al fin de cuentas es agua pasada. Yo tengo que irme ahora mismo á Sotiello, á casa de mi amigo el señor marqués de Espinilla... Con que...

—Mira, hijo —concluyó Alberto, calándose el sombrero—. Te he llamado canalla varias veces: pero no es el calificativo adecuado. Helo aquí: ¡Ma... ma... rra... cho!

Desde el umbral de la puerta aun vomitó por dos ó tres veces la palabra: mamarracho.


IX

Alberto estaba en la taberna de Librada, bebiendo sidra, y escuchando á la dueña condolerse de la desgracia del señorito, maldecir la petulancia y rapacidad de Manolo, alias Taragañón, recordar la memoria de su antigua amiga Rufa, muerta á poco de venderse la casona, y poner en duda la sapiencia y providencia del Supremo Hacedor, repitiendo á cada paso: esti mundo non tien atadero, don Albertín. Faltaba una hora para el tren de Pilares.

En la puerta del tabernucho apareció una lugareña; sus mejillas de una rubicundez impropia de la epidermis humana, y el pelo negro rezumante, como la hulla, de manera que el rostro parecía un fragmento del cabello, en ignición.

—Es Pepona, la Arrecachada —explicó Librada.

La lugareña se encaró con Alberto y le hizo muecas extravagantes, como si se burlase de él.